sábado, 30 de junio de 2018

BURKA/S | Mar Martínez Labarta


Cuatro chicas, de diecinueve, veinte y veintidós años que quieren salir un rato por ahí un viernes cualquiera

Cuatro chicas que, como todos a su edad, no le tienen miedo a la vida que, todavía, parece infinita

Cuatro chicas que, aún con luz solar, se encontrarán desde sus respectivos barrios en un punto cualquiera del centro de la ciudad, como todos a su edad

Cuatro chicas que, antes ya de salir de casa, se plantean cómo hacer el retorno cuando ya sólo la luna vigile

Cuatro chicas que llevan las llaves entre los dedos de las manos al volver a casa

Cuatro chicas que, cuando se despiden entre sí, se ponen la pesada careta del cabreo fingido queriendo creer que su cara de pocos amigos pueda espantar fantasmas

Cuatro chicas que, de retorno a casa, por precaución y aunque les joda 
ven que la única posibilidad de no ir peligrosamente solas por la calle una noche cualquiera
es ir las cuatro juntas hasta la casa de una de ellas y

como tampoco pueden garantizar una segura llegada de cada una de ellas al otro extremo de la ciudad, ni al barrio rural de otra de ellas, -ni aun con buses búho
deciden, caso de por fin salir un rato, como cualquiera un verano cualquiera

mejor, se quedarán a dormir en casa de la primera.

Cuatro chicas que quieren vivir en libertad, pero 
no les dejan: se llama burka

Y yo no puedo evitar ver manada/s en cada grupo de chicos que me encuentro plácidamente sentados en terrazas de bar

Y ¡no quiero!
No quiero caer también en la espiral del odio por miedo
Me niego a desconfiar de quienes, en el fondo y aun en menor medida, son también víctimas de la mentira que les venden por falso poder:

Os están engañando
a vosotros, también

A alguien le beneficia este miedo subliminal
Y no somos ni tú, ni yo
puedes estar seguro

Más seguro que las cuatro chicas un viernes cualquiera de un verano cualquiera


© Mar Martínez Labarta
30 06 2018

miércoles, 27 de junio de 2018

COATS (ABRIGOS) | Jane Kenyon


ABRIGOS

Le vi salir del hospital
con un abrigo de mujer sobre el brazo.
Evidentemente ella no lo iba ya a necesitar.

Las gafas de sol que llevaba no podían
ocultar su cara húmeda y su desconcierto.

Como una burla el día era brillante
y suave el aire para ser diciembre. Aún así
se subió la cremallera de su abrigo y se ató
la capucha bajo la barbilla, preparándose
para un frío irremediable.

De otra manera (1996)

JANE KENYON

          COATS

          I saw him leaving the hospital
          with a woman’s coat over his arm.
          Clearly she would not need it.
          The sunglasses he worse could not
          conceal his wet face, his bafflement.

          As if in mockery the day was fair,
          and the air mild for December. All the same
          he had zipped his own coat and tied
         the hood under his chin, preparing
         for irremediable cold.

          Otherwise (1996)

          JANE KENYON

De otra manera (Edición de Hilario Barrero, Pre-textos, Valencia, 2007)

martes, 26 de junio de 2018

POÉTICA | Heberto Padilla


Di la verdad.
Di, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto. 




Fuera de Juego (1968)



HEBERTO PADILLA

*También de Heberto Padilla en este blog: 

lunes, 25 de junio de 2018

LOS JUGADORES | Pablo Neruda


Juegan, juegan.
Agachados, arrugados, decrépitos.

Este hombre torvo
junto a los mares de su patria, más lejana que el sol,
cantó bellas canciones.

Canción de la belleza de la tierra,
canción de la belleza de la Amada,
canción, canción
que no precisa fin.

Este otro de la mano en la frente,
pálido como la última hoja de un árbol,
debe tener hijas rubias
de carne apretada,
granada,
rosada.

Juegan, juegan.

Los miro entre la vaga bruma del gas y el humo.

Y mirando estos hombres sé que la vida es triste.


Crepusculario (1923)

—Pablo Neruda

*También de Pablo Neruda en este blog: 

POEMAS DE DONALD HALL


El recorrido de la felicidad es doloroso;
lo mismo que recordar el dolor.
Vivo en un presente lleno
de aniversarios y objetos:
tu alfiletero; tus zapatillas blancas;
tu secador de pelo,
la etiqueta albahaca escrita en una caligrafía que conozco;
una mancha en unas sábanas estampadas



             



   


                    Tarjeta postal: 22 de enero

                    Me hice fuerte durante el verano y el otoño
                    y ahora puedo cargar con tu muerte. Le doy de comer,
                    la baño, la acuno, y le cambio los pañales.
                    Levanta su pequeña calavera, sosegada
                    y trémula. Sonríe, escupe, hace caca
                    en el váter, aprende a leer y a multiplicar.
                    La veo crecer, prosperar, desarrollarse.
                    Es la niña preferida de su madre.

DONALD HALL 
(1928-2018)

*Más poemas de Donald Hall en este blog:  
LOS ÚLTIMOS DÍAS | Donald Hall

ÚLTIMOS DÍAS | Donald Hall

                                                    *
          "Era razonable
pensar". Eso había escrito. Al día siguiente,
          en la consulta,
la hematóloga de Jane, Letha Mills, se sentaba
          en tensión, su auxiliar,
de pie, con la espalda apoyada en la puerta.
          "Tengo terribles noticias",
les dijo Letha. "La leucemia ha vuelto".
          "No hay nada que hacer".
Los cuatro lloraron. Él preguntó, ¿cuánto le queda?,
          ¿por qué otra vez ahora?
Jane sólo preguntó: "¿Puedo morir en casa?"

                                                  **

          Aquella tarde en casa
tiraron los medicamentos a la basura.
          Jane vomitó. Él lloró,
ella, sin una lágrima en los ojos, callaba
          intentando olvidar. Por la noche
él cogió el teléfono
          para llamar a los hijos o a algún amigo
con quien hablar de aquel espanto.

                                                 **
          La mañana siguiente,
trabajaron seleccionando poemas 
          para Otherwise[1] , eligieron
cantos para el funeral, y se intercambiaron
          palabras mientras redactaban
y corregían su necrológica. Al día siguiente,
          trabajando de nuevo
en el libro, él notó que ella se sentía débil 
          y propuso dejar el trabajo para otro día.
Jane negó con la cabeza: “Ahora,“ dijo ella.
          “Hay que acabarlo ahora.”
Después, rendida por el sueño
          dijo, “¿No fue divertido?
¿Trabajar juntos?¿No fue divertido?”

                                                    **
          Le preguntó, “¿Qué ropa
te ponemos cuando te enterremos?”
          “No lo he pensado,” respondió ella.
“Qué te parece el salwar kameez [2] 
          blanco”, dijo él,
la seda india preferida que habían comprado
          en Pondicherry
hacía un año y medio, y que ella se había puesto
          en sus mejores ocasiones.
Ella sonrió. “Sí. Magnífico,” dijo.
          No le contó que,
hacía un año antes, entre sueños,
          la había visto
en el ataúd con su salwar kammez blanco.

                                                   **
          Él no se resignaba a seguir planificando cosas.
Aquella noche salió con,
          “Cuando muera Gus 
lo haré incinerar y esparciré sus cenizas
          sobre tu tumba” Ella se rió
movió sus grandes ojos y asintió con la cabeza:
          “Les vendrá bien
a los narcisos.” Se recostó, con su palidez,
          sobre  el almohadón estampado: 
“Perkins, ¿cómo puedes pensar esas cosas?”

                                                  **
          Hablaban sobre sus aventuras:
el viaje por Inglaterra
          recién casados
y los que hicieron a China y a La India.
          También rememoraban
los días cotidianos: los veranos en el lago,
          cuando trabajaban juntos en sus poemas,
los paseos con el perro, cuando leían a Chekjov
          en voz alta. Cuando él se refirió
a las innumerables tardes románticas
          en que habían gozado de dicha y reposo
en aquella misma cama pintada,
          Jane estalló en lágrimas
y dijo: “¡Se acabó el follar. Se acabó el follar!”

                                                 **
          Con incontinencia, tres noches antes
de morir, Jane necesitaba levantarse
          y hacer uso de la silla orinal.
Él la secaba y le ayudaba a meterse otra vez en la cama.
          A las cinco le echó de comer al perro
y cuando volvió se la encontró en medio de la habitación
          sentada en una silla.
Si no podía mantenerse en pie, ¿cómo pudo andar?
          Temió que se pudiera caer
y llamó al hospital para una ambulancia,
          pero cuando le dijo
Jane hizo pucheros y empezó a llorar. 
          “¿Es necesario?” La canceló.
Jane dijo, “Perkins, procura estar conmigo cuando muera.”

                                                   **
          “Morir es fácil”, dijo ella.
“Lo peor es… la separación.”
          Cuando dejó de hablar,
se tumbaron juntos los dos, acariciándose,
          y ella clavó en él
sus  bellos ojos enormes, redondos y marrones,
          brillando sin pestañear,
radiantes de amor y miedo.

                                                  **
          Uno a uno fueron llegando,
los más antiguos y los más queridos, para decirle adiós
          a aquella amiga del alma.
Al principio pronunciaba sus nombres, lloraba, y los tocaba;
          después sonreía; después
levantaba la comisura de los labios. El último día
          decía adiós con la mirada,
las manos retorcidas y sus ojos atónitos.

                                                  **
          Levantándose de su lado
 –sus ojos miraban fijamente – le dijo,
          “Voy a echar estas cartas
al correo.” Llevaba tres horas
          sin hablar, y entonces Jane dijo
sus últimas palabras: “De acuerdo”.
                          Aquella noche a las ocho,
          abrió los ojos  y así permanecieron
hasta que murió. Empezó con la respiración
          de los moribundos, él se inclinó para besar
de nuevo sus pálidos y fríos labios, y los sintió
           juntarse por última vez,
temblorosos, haciendo un último intento.

                                                  **
          Las últimas horas mantuvo
las manos hacia arriba, los blancos dedos apretados
          al nivel de las mejillas como
la figurita de la diosa sobre el lavabo del baño.
          De vez en cuando su puño derecho se movía
con espasmos hacia la cara. Durante doce horas,
          hasta su muerte, estuvo acariciando
la huesuda, prominente nariz de Jane Kenyon.
          Un súbito olor, casi dulce,
empezó a salir de su boca abierta.
          Observó cómo su pecho se apaciguaba.
Con el pulgar cerró sus redondos ojos castaños.


Without (Traducción de Juan José Vélez Otero. Ediciones Vitruvio, 2014)

DONALD HALL 
(1928-2018)

[1] Poemario de Jane Kenyon publicado en 1996 por Graywolf Press.
[2] Vestido tradicional de una pieza originario de Asia Sur-Centro.

*Más poemas de Donald Hall en este blog:
POEMAS DE DONALD HALL

domingo, 24 de junio de 2018

ATAJO/S | Mar Martínez Labarta


Aquello que pareció atajo de tan 
recto y por abreviar
con tantas pautas y prisas por cumplir

en realidad me estaba robando
las amapolas silvestres del arcén.

Paré
y el mundo sigue

pero sin mí.


© Mar Martínez
 Labarta
(2008)


viernes, 15 de junio de 2018

NOSOTRAS | Marta Navarro García


Cualquier día, nosotras,
a menudo invisibles
por los siglos de los siglos,
en lugar de negociar cuotas,
raciones de respeto,
y homenajes tardíos,
ocuparemos los asientos de nuestra vida
sin pedir permiso,
sin el visto bueno de la historia.

Cualquier día, nosotras, silenciadas
por los siglos de los siglos,
en lugar de comprar un libro,
un coche, un champú,
un bocadillo o un bonobús,
compraremos un mundo
y os devolveremos el vuestro.
El que habéis convertido en finca privada,
en apartheid milenario.

Y nuestro mundo
será un mundo con curvas o sin curvas,
un mundo rizado o liso,
con tacones o con zapatillas,
un mundo lleno de ríos,
de bosques, de plazas, de derechos,
todos los derechos que quepan
en nuestros bolsillos,
en nuestras cabezas,
en nuestras vidas.
Derechos cavando fosas
sobre los privilegios.

Y si los dioses de cualquier religión
vienen a instalar su franquicia de eterna culpa
o reclaman su ilegítimo poder
sobre nuestros cuerpos,
les cerraremos la puerta de la sinrazón
y haremos que coman de nuestra mano
las uvas sin ira.

Y si la tristeza saca sus uñas
de lunes lluvioso sobre los días,
haremos de nuestra comunidad
la mejor trinchera,
una trinchera multiétnica y multiética,
multigénera y multifeliz.

Cualquier día, nosotras
borraremos del diccionario
las palabras: víctima, agresión,
invisible, machista, golpes, minuto de silencio.
Cualquier día, nosotras,
en lugar de encender una vela tras cada funeral,
ocuparemos el mundo
donde volver a ser quienes fuimos,
un mundo donde no será necesario
hacerle el boca a boca a nuestras vidas.

Cualquier día, nosotras
desde nuestra ventana observaremos
el final de la violencia
como quien observa un glaciar milenario
ardiendo a la deriva
y tal vez,
tal vez os tendamos un puente.
El único puente posible para llegar al otro lado
del mundo.
El puente de la igualdad.
Cualquier día,
nosotras.

© Marta Navarro García



*También de Marta Navarra en mis blog:
GUERRILLA GIRLS | Marta Navarro García
EN UNA GOTA DE LLUVIA (fragmento) | Marta Navarro García


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